domingo 27 de febrero de 2011

ME GUSTA ANDAR POR EL SUELO





Creo sinceramente y sin miedo a equivocarme que todas las personas somos proclives a algo.

Unas personas rompen vasos, otras platos o figuras de porcelana. Hay gentes que se queman al cocinar...en fin, estoy segura que mientras estáis leyendo estas líneas decís...si, si, a mí me pasa, soy proclive a esto o lo otro.

La que subscribe, es propensa a las caídas.

No recuerdo cuando fue mi primera caída, debía ser muy niña porque todavía llevaba el aparato ortopédico, diré entonces que no tendría más de 6 años.

Luego ya fueron algo cotidiano, un devenir.

En verano, cuando era niña y estaba de vacaciones escolares, mis padres me llevaban al Parque del Retiro. Íbamos todos, los siete que éramos de familia. En el Retiro alquilaban bicicletas y mis padres con un gran esfuerzo para la economía familiar, alquilaban una o dos para enseñarnos a montarlas. Eran unas enormes bicicletas. Había también triciclos; exclusivamente para que los principiantes fuésemos perdiendo el miedo a manejar los dichosos artilugios.

Ni que decir tiene que jamás aprendí a montar en bici. Primero fui un tiempo prudencial en triciclo, posteriormente en bicicleta que mi padre iba sujetando por el sillín. En el momento que mi padre decía “¡ánimo hija!, vas muy bien y además no te llevo sujeta”; irremediablemente volvía la cabeza hacía atrás y me daba una hostia garrafal. La última fue tan fuerte (contra un árbol) que ya cogí miedo a montar en bicicleta y no volví a intentar aprender. Si no recuerdo mal, de los cinco hermanos las únicas que no aprendimos fuimos mi hermana mayor y yo.

Son tantas y tantas caídas las que he tenido que intentaré narraros las más llamativas y dolorosas.

Cuando en España empezó la democracia y el derecho a voto, las calles del país se llenaron de carteles. Había más propaganda electoral en el suelo que en las paredes. Un día de lluvia al bajar del autobús en la parada de Atocha con Paseo del Prado pisé un cartel y me di un golpe de órdago, recorrí patinando muchos metros y la gente que me quería ayudar no veía forma de sujetarme, lógicamente esto fue debido a la mezcla del agua de lluvia y el pegamento del cartel de marras. Tuve un moratón en el muslo derecho y su nalga correspondiente durante semanas.

Estando Ángel en la “mili” me llamó para decirme que le daban un permiso, era la primera vez que nos íbamos a ver en meses, decidí darle una sorpresa e ir a buscarle a Plaza de Castilla el día de su vuelta, por supuesto di por hecho que venía en metro, además según el horario sería el último. Era un día de verano, salí rauda y veloz hacia el metro, la noche calurosa madrileña me acompañaba. Bajé a toda leche las escaleras porque sonaba el silbato de aviso de la partida del último metro. Si le perdía ya no le podía dar la sorpresa a mi chico. Tuve la mala suerte de tropezarme con mis propios pies, no sé cual con cual, el caso es que bajé rodando hasta el final y dejando en el camino zapatos y bolso. Muchas personas bajaban precipitadamente la escalera, pero no se pararon a socorrerme porque ellos también perdían el último convoy. Por supuesto perdí el metro pero encontré los zapatos y el bolso desperdigados por diferentes escalones. Me ayudaron sin embargo las personas que salían hacia la calle, me levantaron, me preguntaron si me dolía algo, me calzaron los zapatos y yo no sabía donde esconderme; lloré pero no fue de dolor, aunque lo tenía, fue de rabia por perder el último metro, vergüenza y humillación. Subí como pude las escaleras, salí a la calle y regresé a casa. No hubiese podido sorprender a Ángel porque le acercaron en coche, cuando llegué él ya estaba allí esperándome, se me quitaron todos los dolores.

Otra caída tremenda aconteció cuando iba con Ángel y una amiga común a ver una Feria de Muestras, me resbalé no sé con que, mi amiga me cogió de un brazo para evitar mi caída, me agarró de la manga de mi chaquetón de cuero con tal fuerza que se quedó con la manga en la mano y yo me fui al suelo. Obviamente la gente me miraba, ahí iba yo, monísima de la muerte, pero sin la manga derecha de mi chaquetón jajajaja. Tuve dolor en el coxis (cóccix para los eruditos) durante un mes más o menos.

He tenido muchas más, como os he dicho es un condicionante en mi vida. Haré una mención aparte a una de las últimas y quizás la más grave.

Salí una noche de juerga a cenar y copear con mis amigos, Ángel no pudo venir tenía otro compromiso. Una amiga me llevó en coche a casa, la dije que me dejase en una calle cercana para evitarla que diese un gran rodeo, mi calle era prohibida y a mi me separaba de mi portal una empinada cuesta. Misteriosamente una vez más mis pies se descontrolaron y terminé con mis huesos y mis carnes en el suelo. Al ser cuesta abajo, una especie de fuerza centrífuga se apoderó de mi y fui a parar con la cara en un coche, reboté y me golpeé un brazo con la acera y allí quedé tumbada. Pasado el primer susto pude controlar los temblores, me senté en la acera y me palpé en busca de posibles daños. Sangraba profusamente por la boca y me dolía todo el cuerpo, sobretodo el hombro derecho.

Subí a casa, me lavé como pude y me puse agua oxigenada en la boca, metí en agua fría una blusa blanca manchada de sangre, me sujete con la otra mano el brazo y sin terminar de desvestirme me metí en la cama. Eran las 5:00 de la madrugada y no quería despertar a Ángel que tiene un dormir profundo y no se enteró de nada.

A las 10:00 de la mañana y sin haber podido pegar ojo le llamé y nos fuimos a urgencias.

Diagnóstico: Hombro derecho fuera de su sitio. Rodilla derecha contusionada. Rotura de un diente (por eso me sangraba la boca) y etc... os ahorro pormenores.

El hombro me lo colocaron en urgencias sin anestesia siquiera, debieron pensar, como la duele que aguante un poco más. Posteriormente hice rehabilitación durante muchos meses para recuperar fuerza y movilidad y terminé dopada con tanto beber las ampollas de nolotil...están asquerosas.

La odisea del diente es otro cantar. En urgencias no me miraron la boca, aunque llevaba hinchados los morros me dijeron que era efecto del golpe. La realidad es que tuve parte del diente clavado en el labio superior un mes y por más que yo me quejaba en casa (caso omiso) en el médico (caso omiso) de que yo tenía el diente clavado, me contestaban que no era posible, que lo habría escupido con la sangre sin darme cuenta. Ya un día en consulta me puse pesada, mi médico palpó y efectivamente notó algo extraño, me mandó al odontólogo, me hicieron unas radiografías y vieron el diente clavado en todo su esplendor en mi labio superior. Ese mismo día y en la propia consulta del dentista me lo quitaron.

En fin estas son partes de mis aventuras de andar por los suelos. ¿Qué queréis que os diga? Será que me mola jajajaja

Ángel siempre dice que no me caigo, que parece que me tiran jajajaja


N. Angulo

jueves 24 de febrero de 2011

EN UN DIA COMO HOY HACE YA TAITANTOS AÑOS....


Una servidora venía al mundo atada al cordón umbilical de Doña Concepción, ya experta pese a su juventud en el arte de parir. De hecho, tan experta era, como me contó en repetidas ocasiones, que no me parió, salí yo sola en la camilla que la llevaba al paritorio y creo que no me llegué a caer de dicha camilla, gracias al cordón que nos unía y a los rápidos reflejos de la comadrona; o sea, a mi no me parieron con dolor y esto siempre me lo ha agradecido mi madre (ayer 5 meses de su fallecimiento).

Pese a que me vi afectada del virus de la poliomielitis a la temprana edad de 6 meses, virus que me acompaño empecinadamente hasta que cumplí los 6 añazos; como digo, pese a ello, tuve una infancia feliz o al menos así la recuerdo. Sin traumas ni complejos.

Por suerte este malévolo virus se contentó con afincarse exclusivamente en mi pierna izquierda y como me hicieron varias intervenciones quirúrgicas, ¡se jodió, porque le frenaron!! solo tengo una leve cojera.

A los cuatro años pisaba por primera vez mi colegio, sito en el Paseo del Prado, hasta los 6 años tuve más absentismos (no deliberados, sino obligados), de los que me hubiese gustado, pero que se le iba a hacer.

Siempre he sido algo gamberra. Reconozco que teniendo un arma de destrucción masiva como la que yo tenía, un aparato ortopédico que era un armatoste de acero y cuero, lo usaba a diestro y siniestro contra las compañeras, por ejemplo; poniendo la zancadilla a alguna que me cayese un poco “gorda” jejejeje, también la utilizaba para saltarme las clases de gimnasia. En el momento que el aparato desapareció, la gimnasia se arraigo en mi vida a modo de sesiones matinales, al final hasta me gustaba y se me daba bien, salto de plinto, finta por aquí, posturita por allá.

No guardo malos recuerdos de mis entradas y salidas hospitalarias, todo lo contrario, me recuerdo yendo por los amplios pasillos y entrando a todas las habitaciones a saludar o jugar con otras enfermas, seguro que también tendría muchas horas de soledad, creo que por este motivo tuve que desarrollar la imaginación y desde luego la tengo a raudales.

Esta manía de entrar a saludar, me duró años y años, como ya no saludaba por los pasillos del hospital, lo hacía en mi calle, cuando regresaba del colegio, iba de puerta en puerta de todas las tiendas, colmados o negocios saludando y abrazando a todo el mundo, sana costumbre que conservé hasta que llegó mi adolescencia; ya era casi una mujer y no podía abrazarme hasta a los postes telegráficos ¿no?. Esto me decía mi madre, pero yo seguí abrazando a todo el mundo porque eran personas a las que quería y me querían desde que era apenas un bebé, que no se entere nadie.

¡¡Ay los abrazos!! Como se han ido perdiendo estas costumbres, pienso que la gente ya no se abraza como antes, o quizás esté equivocada por creerlo así...no sé. A mi me sigue gustando abrazar y besar, con razón de pequeña mis hermanos me llamaban “empalagosa y sobona”...bueno, pues vale.

Nací en 1955, o sea, hoy cumplo 56 años. Me gusta más el número 55, es algo mágico. Todavía no estás cercano a los 60, no has traspasado el umbral y estás en mitad de la cincuentena; pero hay que seguir cumpliendo años. Como decía alguien, no recuerdo quién, pero me parecen sabias e irónicas palabras; “La vejez es una enfermedad que se cura con el tiempo” jajajaja.

Os diré ahora que no nos oye nadie, que no me siento vieja en absoluto. Físicamente tengo achaques y daños colaterales, más debidos a golpes, caídas y accidentes que a los causados por la propia edad.

Mentalmente me siento mejor que nunca, más experta y con una visión del mundo y la vida que me ayuda a tolerar el día a día.

En fin, no me enrollo más que tengo muchas cosas que hacer, entre otras, ponerme estupenda.

Deseo seguir cumpliendo años. Deseo cumplirlos con Angel mi compañero del alma.

Sobretodo deseo estar y seguir lúcida para disfrutar de estos cumpleaños.


N. Angulo

miércoles 23 de febrero de 2011

SUEGRAS


Hoy quiero reflexionar sobre las suegras.

También veréis reflejados a algunos suegros, pero sabemos que esto es circunstancial, las SUEGRAS, son las suegras.

Hay mujeres que no entienden que han sido y son el vehículo que trajo a sus hijos al mundo. Sus hijos no están en régimen de propiedad, ni tienen que llevar siempre el cordón umbilical a cuestas.

Hay mujeres que piensan que por el mero hecho de haber parido, ya tienen un derecho adquirido de por vida con sus vástagos. Debo decir que no pueden estar más confundidas y aunque físicamente corten el cordón umbilical, psíquicamente lo llevan unido indefinidamente; ésto hace que manejen los hilos de la vida de sus hijos más allá de lo tolerable. Con esta actitud dañan las relaciones de sus hijos e impiden que lleven una vida libre y decidida.

Debo añadir que esto no ocurriría si no existiese consentimiento por parte de los hijos, los hay que rompen el cordón umbilical inmediatamente y no ceden un ápice, lamentablemente hay otros que no lo hacen y aceptan el comportamiento de su madre como algo normal y cotidiano, no solo no impiden este comportamiento sino que en el fondo les alaga y gusta. Debido a esta actitud difícilmente pueden llevar adelante una relación de pareja.

El diálogo entre las parejas es imprescindible y la sinceridad también.

Existen unas pautas de comportamiento que avisan del peligro del “efecto suegra”.

Mujer: si tu pareja continuamente te compara con su madre...malo, muy malo.

Hombre: si tu pareja está todo el día en casa de su madre o la llama más de lo debido para cualquier cosa...malo, muy malo.

Si una de las dos partes ve que su suegra se mete constantemente en sus vidas, hay que tomar medidas al respecto más pronto que tarde, existe un dicho popular que reza así: “más vale una colorada, que ciento amarilla”. Mejor decir las cosas una vez aunque duela que repetirlas cien veces, para cansancio e indiferencia del que escucha.

Una de las medidas por supuesto es poner a la suegra en su sitio desde el primer momento, no pasar ni una porque se crecen, una vez dado este paso, el siguiente es hablar con la pareja y dejarle bien claro que la unión es de dos y tres son multitud.

Otra medida importante es no vivir cerca de los suegros, hay que poner tierra por medio, una vez más acudo al refranero popular y sabio; “el casado, casa quiere”.

He sabido de mujeres que han exigido a sus hijos varones un regalo por el día de los enamorados, se han sentido celosas cuando su hijo ha obsequiado a su pareja unas flores, bombones o cualquier otra dádiva y enfadarse muchísimo porque a ella no le ha regalado nada. Estas señoras parece ser que olvidan, que son madres, no amantes de sus hijos.

Hace tiempo yendo en el autobús, sin querer escuché una conversación entre dos mujeres, una le decía a la otra; “mi nuera es un desastre, no sabe cocinar, cuando mi hijo llega de trabajar no tiene la comida o se la prepara él, menos mal que me tiene a mi”. La conversación continuó y me pude enterar de que su nuera trabajaba al igual que su querido hijo. Reconozco que tuve que morderme la lengua para no decirla: ¿Señora, su hijito no tiene manos para cocinar o necesita una cocinera particular? Parece ser que el hijo iba a comer a casa de su madre a diario, sus ricas croquetas, que nadie hace como ella.

Aquí tenemos el caso típico del hijo que tampoco ha roto el cordón umbilical y está encantado con los cuidados matriarcales. Seguro que en casa a su pareja le reprocha una y otra vez que no cocina y lo bien que lo hace su querida madre. Por supuesto aquí la mujer tiene que ponerse fuerte y decirle, “vete con tu madre” o bien “como no sé cocinar, hazlo tú para los dos”.

Una de las cosas que unen más a las parejas, es la admiración mutua. Si una de las partes que forman la pareja, siempre menosprecia al otro en aras de su madre, está claro que no debe vivir en pareja, lo ideal sería que esté siempre al lado de su mamá y sus brazos protectores.

No dejéis que vuestra pareja se vaya al garete por no hablar claro, por no sinceraros, por no parar los pies a la suegra.


N. Angulo



domingo 20 de febrero de 2011

EMOCIONES


Me he levantado como cada mañana y después de tomarme un café, no sé por qué, he sacado del baúl de los recuerdos de “You tube”, las primeras canciones del grupo Bee Gees, magníficas y éxito asegurado en las listas musicales del mundo, cada vez que sacaban un vinilo de 45 rpm.

Este acto tan simple, ha sido el inspirador del post de hoy y mientras lo escribo, párrafo a párrafo, recuerdo a recuerdo, voy oyendo las canciones de este grupo tan ligado a mi infancia y adolescencia.

No he podido remediar o tal vez no he querido remediarlo, el ponerme nostálgica, han surgido como por ensalmo recuerdos de mi infancia; cuando los domingos por la mañana, mientras ayudábamos a mi madre a recoger y limpiar nuestra pequeña casa, poníamos el tocadiscos, regalo de “Reyes” que nos hicieron nuestros padres; me imagino, que consideraban que lo merecíamos y de paso ellos, también lo disfrutaban, les encantaba la música.

Normalmente, no comprábamos el LP de ningún grupo o cantante, a veces no nos gustaban todas las canciones que contenía el disco y no estábamos para tirar el poco dinero que teníamos; entonces recurríamos a los vinilos de 45 rpm que traía dos canciones.

Los domingos por la mañana mi casa era una fiesta, menos mi padre, que trabajaba, estábamos todos en casa.

En el edificio donde se encontraba mi piso, había una tahona, de hecho el edificio pertenecía a los dueños de la panadería. El domingo que coincidía con primero de mes, desayunábamos más caprichosamente; éramos cinco hermano y echábamos a suerte, quién bajaba los cinco pisos corriendo, a por ensaimadas recién hechas, o suizos, o cualquier bollo y lo tomábamos con leche fresca, ya fuese invierno o verano, la leche tenía que estar fría, sino, no nos gustaba a ninguno. Este era uno de los pocos gustos que teníamos en común, cinco hermanos y todos muy distintos.

Después del desayuno como ya he dicho, zafarrancho en la casa, escuchando a The Bee Gees u otro grupo o cantante cualquiera y mis hermanas y yo, cantando sus canciones a voz en grito en un inglés incomprensible, luego, mientras mi madre hacía la comida, nos íbamos a la calle hasta la hora de comer, eso si, cada uno por su lado, cada cual con sus amistades.

The Bee Gees me acompañaron en mi infancia y durante los primeros años de mi adolescencia.

Bailando lentito sus canciones, me enamoré infinidad de veces, sentí los primeros labios extraños en los míos y las primeras caricias tímidas, de otro adolescente tan avergonzado como yo, por estas novedades de los sentidos.

Antiguamente los discos estaban en las listas de éxitos mucho tiempo. También se daba la circunstancia de que una canción alcanzaba el éxito en EEUU, por ejemplo, un año y el disco, no se publicaba en España, al menos hasta dos años después de ser un boom en otros países.

Como la música siempre ha sido una de mis pasiones, iba a la búsqueda de emisoras de radio, donde pusiesen éxitos extranjeros, era fenomenal, a veces oía canciones que nunca se publicaban en España. Había una emisora, que era mi preferida, dónde te informaban de tiendas de discos en las que se vendía música de ediciones limitadas, es decir, cuando se acabasen esos discos, no se encontrarían más en el país; gracias a este emisora, me hice con una discografía que posiblemente hoy, algún coleccionista “mataría” por tener.

Nunca me gustaron los 40 principales a día de hoy, tampoco.

Hoy mis ojos se han humedecido un poco, embargados por los recuerdos y la nostalgia, aquí estoy, con mi depresión crónica, llora que te llora.

Mi madre, de nuevo, como cada día, ha estado presente en ellos.

Las viejas canciones de este grupo me han traído; sabores, a bollería recién horneada, de desayunos dominicales, a panecillos tiernos, para la merienda; olores, a tortilla de patatas, con un toque de cebolla, recién hecha, pimientos, cocido madrileño y sobretodo recuerdos familiares e inocentes, de cuando las únicas lágrimas vertidas, se debían a la emoción de escuchar una canción de The Bee Gees o de cualquier otro artista, a alguna regañina por parte de mis padres o profesores por mi mal comportamiento, a carreras por el pasillo de casa, con mis muletas y el pesado aparato ortopédico que abrazaba mi pierna izquierda...son, en fin, tantos y tantos recuerdos.

Hoy, tantos años después, he vuelto a escuchar a The Bee Gees y he vuelto a llorar silenciosamente con sus canciones, más bien, por el sonido de sus voces e instrumentos; porque mi inglés, sigue siendo una asignatura pendiente, que creo que seguirá pendiente por los siglos de los siglos.

Hoy, he vuelto a ser una niña feliz.


N. Angulo

viernes 4 de febrero de 2011

AGUANTÉ

Os recuerdo que ahora mis post los escribo directamente en mi web, os adjunto el enlace.
Un abrazo

http://nangulo.es/blog.php?category=8

N. Angulo

Lectores del blog de Nieves