
Ayer se cumplió el centenario del nacimiento de Miguel Hernández Gilabert.
Nacido en Orihuela (Alicante) y miembro de una familia compuesta por su padre; Miguel Hernández Sánchez, dedicado al pastoreo de ganado, su madre, Concepción Gilabert Giner, dedicada a llevar adelante su hogar y a los siete hijos nacidos en el matrimonio, lamentablemente solo sobrevivieron cuatro, dos chicas y dos chicos, entre ellos Miguel.Pero no pretendo hacer una biografía de Miguel ya hay muchas en las bibliotecas, lo que quiero es reflexionar y analizar su personalidad y el tiempo que le tocó vivir.
Aunque fue muy poco tiempo al colegio, apenas cinco o seis años, éstos le cundieron mucho, devoraba los libros y ya hacía poemas desde el momento en que empezó a leer y escribir, tenía un espíritu inquieto que hacía que no parase un momento, organizaba grupos de teatro en Orihuela y pueblecitos de los alrededores.
Debido a su trabajo de pastor sus primeras poesías están inspiradas por el entorno en que vive: la huerta, su patio, la montaña, las cabras, el pastoreo, el río, etc. Miguel aprovecha cualquier ocasión para escribir. Incluso tiene que esconderse de su padre, a quien le molesta esa afición poética de su hijo.
Sus poemas eran de lenguaje sencillo y cercano, palabras entendibles sin atificios ni adornos, simplemente un lenguaje llano, como él mismo.
En el colegio conoció a su “hermano” Ramón Sijé, que en realiddad se llamaba José Ramón Marín Gutierrez,(su nombre es un anagrama entre las nueves letras de su nombre y primer apellido) pero no fue hasta la adolescencia y primera juventud que comenzaron su entrañable amistad, les unía entre otras cosas el que los dos eran escritores y poetas, fue además gracias a Ramón y una recolecta que hizo, que Miguel pudo ir por primera vez a Madrid en busca de nuevas oportunidades, a la vuelta de éste viaje, los dos amigos se hacen una promesa, que el que primero muera, será enterrado con las propias manos del sobreviviente.
Lamentablemente muere Ramón con 22 años, en la navidad de 1935, encontrándose Miguel de viaje y cuando vuelve a Orihuela su amigo ya está enterrado, pide permiso para desenterrar el cadáver y así poder cumplir su promesa, cosa que le es denegada, furioso, descompuesto y triste, escribe Elegía.
En 1936 se edita su libro de poemas El rayo que no cesa. Termina su obra teatral El labrador de más aire. Se incorpora al Ejército Popular de la República. Es nombrado Comisario de Cultura y estalla la guerra civil española.
Durante la guerra, Miguel lleva una vida activa intelectualmente hablando, pero sin olvidar su papel como republicano convencido.
Se casa, viaja a la URSS, nace su primer hijo, pero éste muere en el otoño de 1938, este dolor provoca una serie de poemas que publica en el libro Cancionero y romancero de ausencias.
En 1939 nace su segundo hijo, Manuel Miguel. En abril el general Franco declara concluida la guerra. Miguel intenta escaparse a Portugal, pero se lo impide la policía portuguesa que le detiene de la manera más estúpida, él va sucio, harapiento y sin embargo lleva el reloj de oro que le regalaron en su boda, le entregan a la Guardia Civil fronteriza.
A partir de entonces va de cárcel en cárcel, primero Huelva y Sevilla, luego es trasladado a la prisión de Torrijos en Madrid, donde compone las famosas "Nanas de la cebolla" tras recibir la foto de su pequeño hijo.
Inesperadamente, le ponen en libertad, aunque no hay pruebas, imagino que lo que se escondia detrás era que Miguel les condujese hacia otros compañeros republicanos. Es detenido de nuevo en Orihuela. En 1940 se le traslada a la prisión de la plaza de Conde de Toreno en Madrid y le condenan a muerte.
Franco, bajo presión le conmuta la pena de muerte por la de 30 años de prisión. Más tarde es trasladado a la prisión de Palencia y en noviembre, al penal de Ocaña.
En 1941 le llevan al Reformatorio de Adultos de Alicante, donde se le manifiesta una grave afección pulmonar que se complica con tuberculosis.
Muere en 1942, contaba 31 años de edad.
Miguel Hernández fue un hombre sensible, comprometido con y por sus ideales que canalizó sus sentimientos como mejor sabía hacer, a través de su arte y de su poesía.
Miguel Hernández, otra víctima de las dictaduras, otra víctima del sin sentido, otra víctima del sistema y de la opresión.
Pero 100 años después de su nacimiento y 68 desde su muerte, ni Franco ni nadie han conseguido coartar su libertad.
No le hemos olvidado y nos quedan sus poemas. Por siempre COMPAÑERO DEL ALMA.
N. Angulo









